FANDOM


Obras
Esta historia todavía no está terminada. Platybus está terminándola.
Por favor, antes de realizar correcciones mayores o algún otro cambio, avisa al autor de la historia o a quienes estén trabajando en ella, para poder coordinar la redacción. Si la historia no ha sido editada después de un tiempo considerable, se le dejará un aviso en el muro del autor sobre ello y si no responde en el plazo de una semana dicha historia será borrada.
45px-HistoriasH.png

Hombres de honor es una historia creada por Platybus y publicada en Grand Theft Encyclopedia el 12 de febrero de 2015.

Contenido

Introducción

«Liberty City es una ciudad con una baja esperanza de vida. Todo en el ambiente es poluto, peligroso, barato. Lo único organizado allí es el crimen.» diría cualquier residente de dicha ciudad. Y es cierto.

En las últimas décadas el crimen se instaló por completo. Para 1992 la ciudad ya tiene tres familias del hampa controlándola, junto a varias organizaciones de orígenes multiculturales. Entretanto, las fuerzas de la ley empiezan a dejar de respetar los códigos, perdiéndose en un paraíso de corrupción.

Y es que dicha combinación no puede llegar a nada bueno. A continuación se va a relatar la historia, más bien la odisea, de unos gánsteres, unos mafiosis (u hombres de honor), que se limitan a ser devotos a su familia (o no...).

Volumen I: Los chicos serán obedientes

Primer capítulo

Iban caminando dos hombres por las tranquilas calles de Saint Mark's. A sus espaldas, el sol se ocultaba mientras la nieve de invierno se iba derritiendo poco a poco. Los dos hombres tenían pinta de jóvenes adultos italianos: piel caucásica, cabello negro y narices aguileñas. Y por si no fuera ya bastante obvio, uno de ellos, más obeso que su compañero, vestía el uniforme de la familia Leone. El otro, por su parte, portaba un traje bordó, y comenzó a hablarle a su acompañante.

— ... Ni te cuento. El cannoli del restaurante es más rancio que un queso viejo.
— ¿Qué se supone que significa eso? Me estabas contando de la desaparición de Marco.
— A eso iba. Salvatore fue quien pidió su cabeza; pero no se lo encargó a un miembro de la familia. Recurrió a un sicario independiente.
— ¿¡Que nuestro don fue el responsable!? Pensaba que teníamos un acuerdo con los Forelli. Me habían dicho—
— No te enteras, Toni —interrumpió el hombre, con una sonrisa burlona—. Los peces gordos no desaparecen así como así.

El joven impresionable respondía, pues, al nombre de Toni Cipriani. Nuevo made man de los Leone, era todo un principiante en el tema del crimen organizado. Sí, hizo en más de una ocasión el trabajo sucio para la famiglia. Y sí, tenía mucho más talento que los de su mismo rango. Pero aun así carecía de experiencia, por lo que se sorprendía fácilmente por cada noticia de infidelidad al código. El hombre del traje bordó continuó hablando.

— La situación del casino se fue de control. Ya ha habido atentados contra la vida del jefe, y si te digo la de riñas que hubo con los Sindacco no das crédito.
— Ray —dijo Toni, más calmado—, ¿qué me estás contando?
— Es lo que se avecina, Toni. Estamos en guerra... —dijo con un tono solemne— otra vez —finalizó, con sarcasmo.

Ray era un Caporegime de los Leone. Hábil con las armas y las palabras, regresó la mañana anterior luego de tres meses de ausencia en Las Venturas.

Los dos individuos llegaron a un restaurante italiano. El establecimiento, situado en una esquina, poseía un estacionamiento con un Mafia Sentinel aparcado. Junto al estacionamiento, había unas escaleras que llevaban a la terraza del restorán, que funcionaba también como zona de comida. Cinco mesas en total, todas hechas de madera de cedro, con una sombrilla roja y blanca encima, y debajo de varios banderines con los motivos italianos.

El dúo subió las escaleras de acceso y se encontraron con otro Leone, uniformado, sentado en la mesa más alejada a la escalera. Ambos se aproximaron a su compañero para saludarlo.

— ¿Tan cortos estamos que no alcanza ni para comer? —preguntó Ray mientras abrazaba a su compañero, dando a entender que tenían historia juntos.
— No voy a deshonrar a mis raíces comiendo sin compañía —replicó el mafioso luego del abrazo—, y menos si sé que voy a salir intoxicado por almorzar aquí —dijo mientras miró de manera desafiante a Toni
— ¿¡Qué problema tienes con mi madre!? — reaccionó con violencia Toni, agarrando a Lou del cuello de su camisa y levantándolo de la mesa en la que estaba.
— Oye, oye, oye. Quítame las manos de encima, novato — ordenó con firmeza. Tras separarse de Toni, se arregló el traje, ligeramente desprolijo por la brutalidad de Toni—. Venga, Toni —comenzó con suavidad—, era una broma para sacarte de tus casillas. Yo también habría reaccionado si llegaran a decir algo de mi madre. Por favor, no te lo tomes tan a pecho —finalizó a la vez que le dedicaba una sonrisa cálida.

Tras pensarlo unos momentos, y reconociendo que no iba a poder darle su merecido (al menos no por ahora), Toni soltó a Lou y se despidió de Ray con un "Voy a ver a mamá". Después de eso, se fue al interior del restaurante, sin dejar rastro alguno tras de sí. Y Lou aprovechó su ausencia.

— Castrado...
— ¿Me puedes explicar qué carajo acaba de pasar? —le preguntó Ray molesto, a su compañero.
— Salvatore se trae algo entre manos y, cómo no, requiere los servicios de la élite —remarcó con orgullo, cambiando también de tema—. Me dijo que te lo haga saber. ¿Quieres conducir tú? —preguntó Lou mientras se dirigía a las escaleras, haciéndole una seña a Ray con las manos para que lo siga.
— Claro. Desde que le dejé mi coche a Joey que no pongo mis manos en uno de manera legal —lamentó Ray mientras bajaba al estacionamiento junto a su amigo.

Lou le arrojó las llaves del Mafia Sentinel aparcado, que resultó ser suyo, y se sentó en el asiento del acompañante del automóvil. Ray hizo lo propio en el asiento del conductor y encendió el vehículo.

— A propósito, ¿cómo supiste que venía hacia aquí? —preguntó Ray ni bien tocó asfalto.
— Ya me imaginaba que ibas a estar con ese Toni. Es muy fácil hacerlo enfadar cuando te metes con su madre, ¿no crees?.
— Lou Scannon, gánster profesional y acosador de novatos. No vas a pasar una temporada sin meterte con ellos, ¿me equivoco?

Así era Lou. Era otro de los respetados capos de los Leone, y sus gafas oscuras y barba de candado infundían temor, pero no perdía oportunidad alguna para molestar a las más recientes adiciones de su equipo. Era tan atrevido como Ray.

— Por lo menos yo, a diferencia de cierta persona —clava su mirada en Ray por un momento—, elijo meterme con ellos, y no en ellos. —remata con una mirada victoriosa.

Quizás era más atrevido.

— ¿Por qué siempre salen con lo mismo? Además, no soy yo quien sufre de problemas amorosos; la nueva zorra de Salvatore le ofrece el culo a cada hombre que pasa por las puertas del club. Me sorprende que Mike tenga tanto autocontrol...
—dijo Ray, cambiando rápidamente de tema, a la vez que subía las empinadas calles de Saint Mark's, pasando frente a varios edificios apartamentales. — Estamos hablando de nuestro Mike, "nervios de acero", ¿te suena?

El Sentinel siguió avanzando hacia el este hasta que se detuvo frente a un espacio que se comunicaba con la calle a través de un sendero de tierra: era el club de caballeros de don Salvatore Leone. La propiedad, a diferencia de lo que sería dentro de seis años, carecía de muros que la separaran de la acera, y de bolardos que impidieran el acceso de vehículos a la terraza. No obstante, el sendero de tierra, con verde a los costados, era el mismo. Ray aceleró por dicho sendero.

— O tal vez es consciente de que es fiambre si se mete con la chica del jefe. Quién sabe si Salvatore no lo engaña para que se suba a un vehículo y cuando menos se lo espere, ¡PUM! —exclamó Ray s la vez que hizo sonar el claxon.
— Sí, eso suena totalmente como algo que haría Salvatore —remarcó entre risas Lou.

Ray avanzó hasta quedar frente al garaje del edificio, en donde aparcó. Los dos Leones se bajaron del vehículo y subieron las escaleras externas del edificio, tras las cuales se encontraba el guardaespaldas del don, Mike. Ray y Lou saludaron a su amigo vigilante y entraron a la sala de conferencias del club.

La habitación se encontraba extravagantemente adornada: varios sofás de caoba revestidos en seda naranja descansaban sobre una alfombra beige hecha de brocado, que a su vez se encontraba encima de un suelo de madera de cedro, esculpida. Los muros, fabricados con ébano y barnizados, tenían colgados varios retratos que hablaban muy bien de su autor. Colgando del techo, la sala tenía cuatro candelabros de bronce que la iluminaban. Pero faltaba más por ver: en un extremo de la habitación había un bar de caoba repleto de bebidas. Y a un lado de los sofás, varias mesitas de encino blanco. Para dar eun toque final, había una maceta con una Costilla de Adán en una esquina de la habitación. Se podía decir que el viejo Leone tenía buen gusto, después de todo. Mientras Lou se sentaba en un sofá, Ray se dirigió al bar para servirse un cóctel. De repente, ambos se exaltaron al oír un grito.

— ¡Canalla traidor, rastrero, bastardo ingrato de mierda! —exclamaba una voz, proveniente de otra habitación.
— Últimamente se lo nota muy agitado —comentó Lou.
— ¡Estás muerto! ¡Tus amigos están muertos! ¡Tu familia está muerta! ¡Voy a joderte a ti, a tus hijos y a tus nietos! —dijo la misma voz de antes

Hubo silencio por un momento.

— ¡Estás muerto! ¡Muerto!

Se escuchó un teléfono colgado con fuerza. De otra de las habitaciones del club, salió un hombre, con apariencia de cincuentañero, una calvicie en herradura marrón, y vistiendo un traje de tres piezas negro. Además, el individuo destacaba por exponer un bigote chevron que le tapaba el labio superior. Inmediatamente fue saludado por Ray y Lou, quienes le dieron dos besos cada uno: uno en cada mejilla.

— Sal, ¿qué ocurre? —preguntó con consternación Lou, a la vez que se puso de pie.
— Chico, ¿qué he hecho para merecer esto? —respondió el hombre, que responde al nombre de Salvatore Leone, mientras empezó a caminar por la sala—. Es todo un infortuno que una influyente figura pública como yo, buen amigo de todos, tenga que sufrir que se la metan. ¿No crees?
— Jefe, todavía no entiendo de lo que me está hablando—
— Me robaron, Louis. Me robaron, EN MI PROPIA ORGANIZACIÓN. Es increíble lo que pueden llegar a hacerle a uno. No nos dan ni un respiro, ¿me entiendes?
— Por supuesto. No hay más respeto los días que corren—respondió Lou, reafirmando lo que le dijo Salvatore.
— No acabamos de salir de un embrollo que nos metemos directo en otro.
— Son unos depravados totales.

Impaciente porque Salvatore no daba señales de profundizar más en el tema, Ray decidió preguntar directamente.

— Sal, ¿para qué nos llamaste?
— Tienes razón, chico. No es momento de perder los estribos. Nos han hecho un ofertón: toda la farla colombiana que queramos, con un 50% de beneficios, a cambio de que le ayudemos a meter su mercancía en la ciudad. Vio que tenemos influencia sobre el puerto, así que era cuestión de tiempo para que venga a nosotros. Pero antes de pasar a la acción hay que hacer un control de calidad sobre el material. Un trabajo sencillo.
— ¿Y si es tan sencillo por qué necesita a dos de sus mejores hombres?
— Porque su propuesta es demasiado generosa para lo que acostumbra el mercado actual —dijo Salvatore mientras desviaba la mirada—. Este tipo del que les habló, un empresario recién llegado, quedó en reunirse en la vieja escuela, a las once de la noche. Ahora, vayan y ocúpense de eso, que no tiene todo el día. Mike —dijo en voz alta—, dales el dinero a los chicos. Yo debo ver por dónde anda María... —dijo Salvatore mientras se recostó sobre el sofá.

Ray dejó la copa de su cóctel, limpia, sobre una mesita. A fin de cuentas, no alcanzó a servirse nada. Por su parte, Lou se despidió del don y recibió de Mike el dinero. Ray hizo lo propio con el don y, junto a Lou, se subió de conductor al Mafia Sentinel.

— Venía siendo hora de que nos metamos de lleno con la droga. No solo de crack vive el hombre —dijo Ray mientras salía del terreno del club, encarando para la dirección del Marco's Bistro.
— Solamente espero que el sudaca que contactó a Salvatore no nos la meta. Las calles están muy convulsionadas últimamente —agregó Lou, quien miraba por la ventanilla del auto cómo un peatón huía de un policía—.
— ¡Por fin puedo comprarme esas medias de cuero! —exclamó el ladrón a la vez que aumentaba su velocidad.
— Como sea, ¿qué tal llevas tu inventario? —preguntó Lou
— Tengo las manos vacías, hombre. No esperaba que Salvatore nos haga cumplir sus recados tan de imprevisto —dijo Ray mientras transitaba frente a la estación Baille.
— El crimen no espera a nadie, Ray. Venga, llévanos a la armería que yo también ando algo corto.
— Me reconforta mucho saber que si se les ocurre asaltarnos, vas a defendernos con tu barba —respondió Ray, con sarcasmo.

El automóvil descendió rápidamente por las calles empinadas de Portland hasta llegar al Red Light District. En la primera intersección, Ray giró hacia la derecha y se detuvo frente a una tienda, con un gran letrero que decía "Ammu-Nation". El letrero, en colores azul y rojo, tenía una mira telescópica en reemplazo de la letra O. Los dos mafiosos se bajaron del vehículo e ingresaron al local, en donde encontraron al dependiente, de cabellera lacia marrón, limpiando una escopeta detrás del mostrador.

— ¿Cómo va, Sam?
— ¡Lou, hacía siglos que no te veía!
— Sí, bueno, estamos atravesando un período de paz. Lo que me lleva a preguntarme cómo mantienes esto en pie.
— Yo no me quedé atrás: poco a poco estoy rellenando las góndolas. Desde que me vi forzado a dejar de recolectar, como buitre carroñero, las armas que dejaban en sus conflictos, le estoy comprando a un colega que tiene su propio tinglado en Shoreside. A propósito, creo que no me has presentado a tu compañero.
— Ray, este es Sam, el que se llena los bolsillos a costa de la integridad física ajena. Todo un psicópata, si me permites decirlo, pero muy fiable —se gira a Sam—. Sam, este es Lou, el famoso "capo fantasma". Sabe segur instrucciones y mantener la cabeza fría en los tiroteos.
— ¿Qué tal? Yo le compraba a tu hermano antes de que me enviaran al otro extremo del país —dijo Ray ante su presentación.
— Excelente. Ahora que estamos todos al día... ¿qué se les ofrece?
— Me gustaría una pieza que no deba cargar muy seguido, que se accione muy rápido, te inmovilice si te atina, y no sea muy cara. Oh, y si cuando la lleve no me sale ninguna hernia, sería todo un detalle.
— La Micro-SMG es el arma indicada para ti —dijo mientras sacaba un microsubfusil.
— Idiota, ¿vas a ir de cacería o qué? —le dijo Ray a Lou—. A mí deme una pistola —le respondió al dependiente.
— Excelente —se agacha y saca una Glock 17—. Serán en total... —dijo mientras calculaba el coste de ambas armas— $840.
— Cárgalo a mi cuenta —dijo Lou mientras agarraba su pistola—. En marcha, Ray.
— Lou, las balas —le preguntó molesto a su compañero.
— Oh, cierto —afirmó Lou, que se percató de que se iba con las armas descargadas—. Danos dos cargadores a cada uno, Sam.
— Excelente. Con las balas el precio ascendería a... $1 000 exactos.
— A la cuenta. Movámonos —ordenó Lou mientras salían de la tienda—. Nos vemos luego, Sam.
— Claro. ¡La revolución está en camino! —gritó mientras los dos mafiosos salían de la tienda y se subían al Mafia Sentinel. — Menos mal. Ya me empezaba a sentir desnudo —dijo Ray mientras puso rumbo a la vieja escuela, atravesando en reversa un callejón hacia el sur que lo llevó a Chinatown.

— ¿Por qué estará tan vivo el barrio chino? —preguntó Ray mientras transitaba frente a una plazoleta, que años después sería un restaurante de fideos.
— Y que lo digas. Pensé que tenían regulado el control de natalidad.
— Es muy inusual todo este espíritu. Parece que están celebrando algo.
— Mientras no sean nuestras muertes... mejor terminemos esto rápido, que me dan mala espina.—dijo mientras divisaba la vieja escuela, actualmente en desuso.

Ray aparcó el automóvil al otro lado de la calle y ambos se bajaron, Lou con el dinero, para caminar hacia el edificio.

— Si me hubieran dicho que regresaría a la escuela, no les habría creído. Este sitio es parte de nuestra infancia. Bueno, lo era hasta que el conflicto en el sur se volvió parte del temario, y al redneck de nuestro profesor de historia se le ocurrió atacar viejo McKenzey. Mira en lo que se ha convertido desde entonces —dijo Ray mientras pasaban junto a una Patriot azul.
— Madre mía, recuerdo que ese chico más grande, Roosevelt, administraba las apuestas. Yo me fui con $10 más en el bolsillo —comentó Lou a la vez que abría la puerta del edificio. Les fue fácil ingresar ya que la cerradura se encontraba rota.
— ¿Tan joven y ya eras parte de los negocios de la familia? Por qué no me sorprende — suspiró Ray.

Los capos caminaron por los pasillos de su vieja escuela, buscando sin éxito al contacto.

— ¿Dónde se habrá metido este sudaca? —preguntó Lou, impaciente.
— Aquí estoy. Te sugiero lavarte la boca con jabón si quieres hacer negocios con mi cuadrilla y yo —dijo una voz que provenía de detrás de los Leones.

Instintivamente Ray apuntó su pistola hacia la fuente del sonido. Esto fue respondido con los guardaespaldas del colombiano apuntando sus Uzis hacia el dúo. Lou no pudo reaccionar porque llevaba en sus manos el maletín con el dinero

— Me disculpo por el comportamiento de mi compañero, señor...—
— Harcross. Mis camaradas me llaman Barry —respondió amablemente el hombre, quien a su vez extendió su mano a Ray.

Ray no se había dado cuenta, pero a diferencia de sus guardaespaldas pelioscuros, el empresario tenía una melena rubia. Qué mejor manera de hacer honor a su profesión que vestir un traje caqui, y unos pantalones de igual color. Se podía apreciar que había un chaleco antibalas bajo tan elegante conjunto. Los guardias, por su parte, llevaban una camisa hawaiana marrón y un pantalón jean claro. Ver esas apariencias tan contrastantes era chocante, casi surrealista, para Ray. Inmediatamente volvió a la realidad y le devolvió el apretón de manos.

— Ray Tiberi, capo Leone. Es todo un honor que vayamos a trabajar con tan prominente figura.

Si algo se podía destacar de Ray, era su habilidad con los negocios. Hallaba las palabras justas en el momento justo; más útil todavía cuando el bruto de Lou metía la pata. No por nada Salvatore los suele emparejar para todo tipo de trabajos.

— El honor es todo mío por contar con uno, no, dos capos para un simple intercambio. ¿Tienes el dinero?
— La cantidad exacta para diez kilos de nieve —le hizo una seña a Lou de que abra el maletín y lo deje en el suelo.
— Creo que hemos llegado a un acuerdo, amigo mío—dijo Barry, riendo, mientras un guardaespaldas del mismo apoyó y abrió el maletín en el suelo. Sin mediar más palabras, tanto Lou como el colombiano patearon los maletines hacia el otro extremo—. Adoro que las cosas salgan bien.
— Sr. Harcross —dijo Ray mientras un guardaespaldas recogía el dinero—, nos comunicaremos con usted lo más breve posible. Cuídese.
— Perfecto, perfecto. Nos vemos luego, Ray. Y tú —dijo mientras miraba a Lou—, cuida tus modales. Beto —dijo mientras miraba al colombiano con el maletín de dinero— puede ser muy dócil, siempre y cuando lo mantengas ocupado. Mejor será para ti que no se aburra. Ja ja —rió mientras se retiraba con sus guardaespaldas.
— Otro negocio que casi cagas, otro negocio exitoso.
— Me da mala espina este tipo, Ray —dijo Lou mientras recogía el maletín con la mercancía—. Al igual que todos los de este rubro.
— Volvamos a—
— ¿Qué ocurre, Ray?

Lou se giró para ver por qué había dejado de hablar su amigo, y se llevó una sorpresa cuando lo encontró inconsciente, con un hombre a un lado, empuñando una escopeta.

Segundo capítulo

Lou levantó ambas manos en señal de rendición y se percató de que el atacante era un tríada. Sus ojos rasgados y su chaqueta azul con el dragón estampado en ella lo delataban. De repente, habló.

— Dame el material, o les vuelo ya mismo los sesos a ambos.
— Muy bien, muy bien, solo déjame dártela... —dijo mientras se acercaba lentamente.

El tríada soltó la escopeta con la mano izquierda para recibir el maletín. En un segundo, Lou le aplicó una patada baja que lo hizo caer al piso. Rápidamente agarró a su amigo y dobló la esquina de un pasillo de la escuela, mientras el tríada disparaba con una pésima precisión desde el piso. Lou siguió corriendo hasta que dio otro giro, y apoyó a su compañero sobre un bebedero.

— ¡Ray, despierta ya!
— ¿Qué ocurre?... ¡La droga! —exclamó en un momento de lucidez.
— Exacto. Vino un chino por atrás y te dejó inconsciente. Logramos escapar por los pelos pero se llevó la mercancía. Ya habrá salido de aquí. No debe de andar muy lejos.
— Muy bien.

Los Leones salieron corriendo hacia la entrada del edificio. En cuanto salieron, fueron recibidos por la celebración china.

— ... ¿Cómo es que los asiáticos se parecen tanto entre sí? Nunca lo vamos a encontrar. Dime cómo era físicamente.
— Estaba vestido exactamente como todos los chinos delincuentes en esta ciudad. Tenía además un lunar del tamaño de mi puño. Esto... —dijo pensando— tenía mal carácter. Y era amarillo, muy amarillo.
— Ya es suficiente. Separémonos —dijo Ray mientras salió corriendo en dirección al norte.
— Malditos comegatos... —fue todo lo que dijo Lou antes de partir hacia el mercado de Chinatown.

Ray llegó a la plazoleta y se encontró con una multitud de gente, contemplando mientras un dragón bailaba. Fijándose en los atuendos de la mayoría de los presentes, Ray dedujo que el atacante no se encontraba entre el público e ingresó al disfraz del dragón. Esta intromisión llamó la atención de los espectadores, quienes informaron del hecho a la banda local. La Tríada no tardó en aparecer, y cinco de sus mafiosos, armados con pistolas, se aproximaron a la plazoleta. De entre medio del público empezaron a disparar al disfraz del dragón, alarmando a la gente y empezando un disturbio.

— ¡Diablos! —exclamó Ray, quien vio cómo una bala impactaba en un desfilante que se hallaba junto a él.

Mientras más disparos eran efectuados, Ray salió del disfraz y se escapó hacia el mercado de pescado a través de su entrada oriental. Entretanto, Lou escuchó los disparos desde la entrada sur del mercado.

— Mierda, Ray...
— No eres bienvenido aquí, "fideo" —dijo amenazante un tríada, interrumpiendo a Lou de sus pensamientos.
— Se pronuncia "espagueti", basura amarilla.

Lou desenfundó su microsubfusil y asesinó al tríada de varios tiros en el pecho, llamando la atención de varios chinos más. Lou se cubrió detrás de un puesto de pescado y empezó a disparar a ciegas a varios tríadas. Un tríada con un cuchillo se le acercó por atrás, y empezó a forcejear con él. Repentinamente, el tríada cayó con un agujero en su cabeza. Era Ray, que con su propia arma había salvado la vida de Lou.

— Nuevo plan: deshagámonos de ellos y después busquemos la droga.

Tras estas palabras, Lou salió de la cobertura y acribilló a dos chinos más. Ray, agachado, fue cambiando de cobertura entre varios puestos de pescado y se encargó de otro chino. En cuanto se le acercó otro tríada más, lo noqueó con la culata de su pistola. Mientras Lou seguía eliminando a sus rivales, Ray se subió encima de un puesto de fideos y logró ver a un chino huir, maletín en mano, hacia las canchas de baloncesto.

— ¡Lou! ¡Se está escapando! —gritó Ray antes de ir en su búsqueda.
— De acuerdo —dijo mientras remataba a un tríada—. Vamos de cacería.

El tríada salió finalmente del mercado de pescado e ingresó a las canchas de baloncesto, para después tomar rumbo hacia el este. Ray y Lou lo iban siguiendo de atrás, eliminando a cualquier chino que se pusiese en el medio. De repente, el chino empezó a largar palabras.

— ¡Van a salir de Chinatown en camilla, escoria capitalista!
— ¡Quiero ver cómo me lo dices en la cara! —respondió Lou.

El chino llegó al bulevar y cambió rumbo al norte.

— ¡Todo esto por solo diez kilos!
— ¡Sí, me imagino cómo se los vas a dar de ofrenda a Mao!
— ¡Vete a la mierda!

El chino continuó corriendo, pasando frente a la lavandería del Sr. Wong y llegando a Raffles Fish Factory, la planta procesadora de pescado. De ahí, subió las escaleras a la estación Kurowski.

— ¿Qué diablos está haciendo? —preguntó Ray, ante la ruta de escape del tríada.
— ¡No te quedes ahí parado, Ray! ¡Sube por la otra escalera! —ordenó Lou mientras intentaba atinarle al chino.

Ray se apresuró para alcanzar al tríada, pero este se le escapó y siguió huyendo por las vías del tren, hacia el sur. Lou también subió las escaleras y los persiguió desde atrás. El tríada siguió el recorrido del tren y dobló, ahora con dirección al este. Ray aceleró el paso y se preparó para alcanzarlo. Pero, de repente, el chino dio un salto y aterrizó en el alero de un edificio contiguo. Ray, estupefacto por la acrobacia repentina, se reincorporó e imitó los movimientos del tríada. Lou hizo lo mismo. El chino siguió corriendo por el alero y brincó hacia la azotea del edificio. Huyó hasta que llegó a una cornisa y no pudo seguir avanzando. Desde atrás, se aproximaban Ray y Lou.

— Se terminó el recorrido, Lee. Terminemos de una vez con esto —dijo Ray mientras le arrebataba el maletín al tríada.
— ¿Y ahora qué hacemos con él? —preguntó con un tono irónico Lou.
— Por favor, no me hagan daño. Solo estaba siguiendo órdenes...
— No tienes nada de qué preocuparte; en el mejor de los casos, terminarás postrado en una cama de hospital, alimentado por un tubo y sin control sobre tu vejiga —respondió Lou, intimidante.
— ¿Qué quieren de mí?
— ¡Buu!

Lou se abalanzó de repente sobre el chino, haciendo que este retroceda y pierda el equilibrio, cayendo así de la azotea e impactando de lleno en la acera. Al mismo tiempo, decenas de fuegos artificiales explotaban en el cielo, iniciando así el Año Nuevo Chino.

— Ya no tenemos nada que hacer aquí, vámonos.

Los gánsteres bajaron del edificio a través de unas escaleras de acceso y caminaron tres calles hasta la vieja escuela, frente a la cual se encontraba aparcado el Mafia Sentinel de Lou. Por el camino no se encontraron con ningún enemigo, para su fortuna. En cuanto se subieron al auto, Ray de conductor, comenzaron a hablar.

— Conque la Tríada estaba al tanto del trato.
— ¿A cuántos les habló Salvatore? Cuando dijo que era un trabajo sencillo, le tomé palabra.
— No parece ser culpa de Barry —dijo Ray, eliminando al empresario de su lista de sospechosos—. Como sea, fue muy imprudente de nuestra parte hacer negocios en el corazón del territorio enemigo.
— Hablando del sudaca, parecía simpático. Claro, si quitamos que me amenazó con volarme la cabeza...
— Fue muy generoso de su parte perdonarnos las vidas luego de que le faltaras el respeto. Lo último que necesitamos es arruinar el negocio de nuestra trayectoria.
— Te noto un tanto emocionado al respecto.
— Esos tres meses en Las Venturas me llevaron a aborrecer el juego. Los negocios entre las familias fracasaron y hasta tuve que realizar un trabajo de inteligencia en un puto matadero. Y cuando no era eso, el jodido sindicato de cobradores acudía a nosotros para encargarse de los jugadores compulsivos, en su mayoría ancianos. No puedo comprender el amor que le tiene Paulie a esa ciudad...

Ray avanzó dos calles hacia el norte, atravesó el callejón que conectaba Chinatown con Red Light District, y giró hacia la derecha, rumbo al este. Condujo una calle para girar nuevamente al norte, y detenerse al llegar a la esquina. Ray posicionó el vehículo frente a un edificio, de color amarillo y con jardineras y pinos en la fachada.

— La pareja explosiva regresa a la acción, ¿eh? Se te echó de menos estos meses. Ahora que estamos en guerra vamos a necesitar toda la ayuda posible, la leña no se reparte sola.
— Y que lo digas, Lou. Por cierto —agarró el maletín—, yo me encargaré de darle luego la droga a Salvatore. Mientras no le moleste un poco de sangre mezclada entre el polvo...
— Pásate por mi piso mañana. Mis chicos y yo estamos teniendo problemas con las otras pandillas de la isla.
— Por supuesto. Feliz Año Nuevo —dijo Ray mientras se bajaba del auto.

Lou se pasó al asiento del conductor, y Ray entró al edificio. Atravesó la recepción del mismo y llegó a las escaleras. Subió hasta el tercer piso e ingresó al apartamento 9B. El apartamento consistía en cuatro habitaciones: una sala de estar y comedor, compuesta por una mesa de madera simple y un televisor de tubo; un cuarto del baño, un dormitorio, con una cama de dos plazas, un ropero y una mesita de luz; y una cocina, con el equipamiento básico. Ray se quitó el traje y se echó a dormir. Su trabajo había terminado por ese día.

Tercer capítulo

Seis horas después, a las seis y treinta de la mañana, Ray se despertó. El Leone se sirvió un tazón de cereales mientras sintonizaba el canal de noticias de la televisión. Había una reportera dando una nota.

— Anoche, dos individuos irrumpieron en la celebración del Año Nuevo Chino y cobraron las vidas de varias personas. El incidente, del cual se sospecha la mafia fue responsable, desató la furia de la comunidad china. Tenemos en línea a un trabajador local, el Sr. Wong.
— ¡Perdí a uno de mis mejores empleados en esa masacre! Bueno, no estoy seguro de si era o no de mi equipo, pero lo cierto es que se parecía mucho.
— Hay varios manifestantes en Bedford Point pidiendo justicia por las víctimas. El portavoz del ayuntamiento, Brian Reynolds, emitió un comunicado: "¿No les alcanza con que los dejemos ingresar ilegalmente a nuestro país y ser explotados en talleres por salarios ridículamente bajos? Se les debería caer la cara de lo ingratos que son." Compartimos su opinión, señor alcalde.

Luego de una hora de transmisión, Ray apagó la televisión y se vistió para irse. Salió del edificio, con el maletín de droga en la mano, y recordó que su Mafia Sentinel estaba siendo reparado. A continuación, vio cómo un Stallion avanzaba frente a él. Sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del conductor y sacó al dueño del vehículo tras golpearlo con el maletín.

— El deber me llama —dijo Ray mientras se acomodada en el asiento del conductor.

Ray cerró la puerta del vehículo mientras el duelo huía despavorido. El automóvil tenía sintonizada la emisora Radio del Mundo. Ray dejó puesta la emisora mientras conducía hacia el club de caballeros. En cuanto llegó, se bajó y vio a Mike, quien seguía de guardia en la entrada. El solo hecho de estar toda la noche de pie a la intemperie agotaba a Ray.

— Mikey, ¿está Salvatore dentro? —preguntó Ray.
— Así es, Ray. Está en su oficina. Planeando sus "próximos movimientos" o algo así. El viejo no pegó el ojo en toda la noche, pero supongo que eso no es impedimento para su estratega interior. Eres libre de hablar con él.
— Eso haré.

Ray entró al club y se posicionó frente a una puerta de madera. Ray golpeó la puerta dos veces y la voz de Salvatore le respondió.

— ¿Quién es?
— Soy yo, Sal.
— Pasa, chico.

La puerta se abrió ante Ray y este entró a la oficina del jefe. Esta tenía un extenso escritorio de roble, claramente propiedad de Salvatore. Sobre el escritorio había una lámpara y un teléfono, antiguos. Junto a una pared de la habitación yacía un librero con sus estanterías llenas. Y detrás del escritorio, una ventana con las persianas bajas. Ray se percató de esto.

— Sal, permíteme subir es—
— ¡No! —exclamó Salvatore. Ray se detuvo abruptamente—. ¿Conseguiste lo que te pedí?
— A la orden.

Ray apoyó el maletín sobre el escritorio y lo abrió, dejando ver su contenido.

— Veo que el bocazas de Lou y tú no lo arruinaron, ¿eh?
— Qué va, si se hizo muy amigo del contacto y todo —respondió Ray, evitando hacer referencia alguna al choque entre Lou y Barry—. Mejor coca no vamos a conseguir.
— Ya, bueno, se ve espléndida. Voy a mandar a analizarla más tarde, y con "analizarla" me refiero darle de esnifar a alguno de nuestros camellos. En cuanto a ti, tengo un recadito —dijo Salvatore molesto.
— ¿Qué ocurre, Sal?
— Es María. Anoche se fue de fiesta y todavía no ha vuelto. Sí, ya sé que esto pasa todas las semanas desde que volvimos a la ciudad, pero hoy en día estamos metidos en suficientes conflictos como para asustar al más duro... ¿Me harías el favor de traérmela de regreso?
— Claro, jefe. ¿Adónde fue ella?
— Mike se encargó de llevarla a esa discoteca con vista al mar que se halla en el Red Light District, al límite de los Cerros de Hepburn. Puede ser un buen lugar para iniciar tu investigación.
— ¿Y recién ahora va a mandar a alguien a buscarla?
— Sabe cuidarse sola. Es una chica fuerte, después de todo. Más que nada me preocupa que utilice sus encantos con otros hombres, pero dudo que eso pase —echó risas. Ray decidió no hacer ningún comentario al respecto—. Ahora, vete.

Ray salió de la oficina mientras Salvatore se quedó contemplando el contenido del maletín. Acto seguido, se pronunció.

— ¿Casi $1 200 000 por diez kilos de polvo? Y ni siquiera sirve para sazonar...

Fuera del club, Ray se encontraba subiendo a un Sentinel de Leone, dejando atrás el mal aparcado Stallion en el cual llegó.

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

También en FANDOM

Wiki al azar