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Nota Nota: La historia contendrá partes fuertes que no serán del agrado de muchos espectadores. Están advertidos.


Tres historias se entrelazan para mostrarnos las cosas que un ser humano puede llegar a hacer.

PRIMERA PARTE

I: Cojones

Soy Rico Alarcón Jiménez, tengo 33 años y vengo de Cuba. Vine a Vice City durante el éxodo del Mariel. Igual que la mayoría de las más de 100 mil personas que llegaron a Florida, yo era, como todos decían, un "peligro para la sociedad". Una magnífica jugada de Castro para mandar a sus presos a su enemigo número uno... Recuerdo que estaba cumpliendo condena en una cárcel cubana federal por un delito que me da vergüenza confesar. Un día, en pleno mayo del 80, yo y la inmensa mayoría de los presos de mi cárcel fuimos arrastrados a un camión que nos llevó a un barco que nos llevó a Vice City. Ni siquiera nos preguntaron. No sabíamos a dónde nos mandaban hasta que llegamos. La verdad es que me alegré un poco al llegar. Al fin salí de ese basurero de país. No tenía nada que hacer allí.

Acampamos los primeros días en el club náutico. No tenía ni puta idea de qué hacer. El único amigo verdadero que tenía era Fernando, un amigo mío desde la infancia. No sabíamos hablar inglés ni conocíamos la ciudad ni tampoco el país. Lo que sí sabíamos era a qué nos dedicaríamos....


Nuestro primer trabajo llegó apenas unas horas después de desembarcar. Otro refugiado nuevo nos pidió a mí y a Fernando matar a un tal Geraldo Parada. Resulta que este sujeto era un hombre importante en el gobierno de Castro y por circunstancias que nunca supe, terminó preso y enviado a Vice City. Hasta aquí todo bien con el trabajo, solo había un minúsculo problema: ese hombre había compartido prisión conmigo y lo conocía muy bien. Solíamos charlar allá en ese calabozo. Era un hombre bastante abierto y carismático. Simplemente no hablaba mucho de su pasado, y cada vez que se lo preguntaba su sonrisa se caía de su cara. De hecho, yo me enteré de su trabajo recién cuando llegué a Vice City.

Entré en una encrucijada moral. ¿Dinero o amigos? Fernando no dudó por la primera opción. Claro, que él no conocía tanto a Geraldo como yo. Sin embargo, tenía sus argumentos: de verás necesitábamos ese dinero. Con el dinero que nos ofrecieron por el trabajo, unos cinco mil dólares si no recuerdo mal, nos sobraba para iniciarnos en esa ciudad. Con mi conciencia consumiéndome, terminé aceptando el trabajo. El secuestro sería ejecutado a la mañana siguiente de nuestra llegada. Yo sostenería a Parada mientras Fernando lo acuchillaba. Luego tiraríamos su cuerpo al mar. Con toda los criminales presentes en el puerto, a nadie le importaría. La policía tampoco se enteraría nunca. Teníamos una noche para dormir. Y menos mal que dormimos.

Tuve un sueño esa noche. Un sueño que me cambió la vida. Estaba solo en medio del lugar de desembarco. Nadie a mí alrededor. Empecé a correr buscando gente, pero no importaba a donde iba. No aparecía nadie. De repente, un ser parecido a un fantasma, con forma humana y hecho de un gas negro se me acercó y me dijo:

—¿Es así cómo vives tu vida? —Hubo una corta pausa, aunque a mí me pareció eterna—¡¿Traicionando a tus amigos?!

Se me acercó y comenzó a consumirme.

En ese momento me desperté, sudando y jadeando. Sin siquiera pensarlo, corrí a buscar por todos lados a Geraldo. Por un golpe de fortuna, lo encontré como en tres minutos, despierto en el embarcadero y alejado de todo el mundo. Le conté todo.

— ¿Cómo puedo agradecerte?—fue todo lo que me dijo cuando terminé de contarle—.

—Una casa, un coche y un poco de dinero—respondí luego de pensarlo unos segundos. Geraldo provenía de una familia de gran fortuna con negocios en los Estados Unidos, según me contó el hombre que me pidió asesinarlo. Sabía que podía afrontar lo que le pedía—.

—Puedo hacerlo—me dijo sonriente—. Gracias por no traicionarme. Recuerda: nunca traiciones a tus amigos. Ni por dinero, ni por nada.

Esa última frase aún sigue en mi memoria. Palabra por palabra.

Así me instalé en Vice City, una casa sosa en Little Havana (en la que sigo viviendo), un Esperanto y un poco dinero para comenzar. Lo primero que me compré fue una pistola, que aún conservo como mi arma principal. Nunca salgo sin ella. Fernando vino a vivir conmigo.

Los primeros meses luego de nuestra llegada fueron un gran golpe para la ciudad. Homicidios, asaltos, violaciones, acosos... Todo lo que te puedas imaginar. Hubieron incluso tres casos de violación, ¡en plena calle!

La tasa de homicidio se duplicó. La gente ya no salía de casa sin armas. Las ventas de Ammu-Nation en la ciudad se dispararon. El supuesto paraíso de Florida se había convertido en el nuevo Chicago de los años 20. Hoy, cuando ves un homocidio por las noticias, te sorprendes. Cuando eso no. La gente pensaba "¡Ay mira, otro homicidio doble! ¡Otro homicidio triple! Ya tardaba en aparecer el de hoy". Era una ciudad peligrosa. Nosotros, los cubanos, éramos peligrosos.

¿Qué hacía yo en ese entonces? Robos. Mi grupo de "trabajo" eran yo, Fernando y tres amigos nuevo llamados Ronaldo, Manuel y Pepe. Robábamos de desde carteras en plena calle a autos lujosos. Aún recuerdo nuestro mayor robo: Un Stinger rojo. Un idiota hijo de papi lo dejó por el barrio. Nosotros hicimos el resto. Le vendíamos todos los coches nuestros a un amigo de Pepe. Nunca supe qué hacía ni a dónde enviaba los coches.

Little Havana, el hermoso barrio de la cultura cubana en Vice City, se había convertido de un día para otro en el barrio más peligroso y sucio de la ciudad. Los comerciantes vendían sus tiendas, personas se mudaban... Nadie quería vivir en aquella pocilga.

Era solo cuestión de tiempo para que se forme una pandilla. Umberto Robina era un verdadero hombre del barrio. Un macho al que todo respetábamos. Nuestro líder indiscutible. Su padre tenía un café desde donde nos reuníamos todos los del barrio. Umberto siempre nos contaba sus historias con mujeres, cómo las conquistaba, cómo las follaba, todo ese rollo. Empiezo a creer que casi todos esos relatos eran mentira, o al menos exagerados. Pero eso no viene al caso.

Nos llamábamos Los Cabrones. Empezó simplemente como un grupo de amigos. Todos hombres, criminales y machistas. Nuestro lema era "Only for men with big cojones". Era nuestra filosofía. Solo los hombres con "cojones grandes" podían entrar en nuesta banda. Era parte de la iniciación: tenías que demostrar tus cojones con un desafío. Cada desafío era diferente. El mío fue mear en tres coche patrulla diferentes. Casi me pillan, pero por suerte no pasó nada.

Bueno, lo que sí es que la cosa se puso seria cuando unos idiotas mexicanos vinieron a molestar al barrio. Se hacían llamar Cholos. Empezaron a extorsionar a los dueños de negocios para que le paguen por protección. Dominaban el negocio de armas clandestino. Amenazaban a todo el barrio, incluida nuestra banda. Recuerdo nuestro primer enfrentamiento, durante una fiesta en plena calle. Vinieron exigiendo respeto, diciendo que era su barrio y que le teníamos que obedecer, bla bla. Obviamente nos negamos y en un segundo comenzó una gran pelea. Recuerdo haberle roto la cara a dos Cholos, cuando escuché varios disparos. Un Cholo había sacado un arma y le había disparado a uno de mis hermanos. Todos los cubanos salimos corriendo mientras aquel puto Cholo seguía disparando.

Entonces comenzó la verdadera banda. Teníamos que hacerle frente a los Cholos. Comenzamos a vender armas nosotros mismos, a convencer a los dueños de los negocios de que nos paguen la protección a nosotros y no a ellos. Empezamos con el negocio de la prostitución. Todo eso traía beneficios. Pero lo que verdaderamente traía beneficios era el tráfico de cocaína. Dudamos en un principio, pero era la única salida. El consumo de cocaína en el barrio aumentó sin control. Muchos de mis amigos la comenzaron a consumir. Yo lo hacía a veces. La verdad es que sus efectos eran increíbles.

Yo empecé como un soldado más de la banda. No fue sino hasta comienzo del 84 cuando me gané el respeto de todos.

Un Cholo le había dado una paliza a Fernando. Él estaba protegiendo uno de los negocios que le arrebatamos. Entonces vino uno a recuperarlo y Fernando no tuvo cómo defenderse. Tuvieron que internarlo en el hospital. Los Cabrones prometimos vengarnos. Alguien tenía que jalar del gatillo. Yo me ofrecí. ¡Fernando era mi amigo desde que era un niño de tres años! Tenía que vengarlo yo mismo.

Tardamos dos semanas en localizar al Cholo que golpeó. El nombre de calle de aquel puto mexicano era Tico, o Taco, no recuerdo. Vivía en un apartamento en Little Haiti. Lo seguimos desde su casa hasta la funeraria Romero. No podía haber elegido mejor lugar para morir.

La verdad es que dudé un rato antes de dar el golpe. Nunca había matado a nadie antes, aunque ya había visto muchas muertes. Aún tenía miedo. Fernando y otro amigo llamado Hilberto me convencieron mientras estábamos en el coche frente a la funeraria. Temblando, me acerqué al Cholo desde su espalda, le di con la culata del arma en la nuca. Luego comencé a pegarle la cara hasta que estaba roja de la sangre que le brotaba. Nunca pudo reaccionar ni defenderse.

—¡Esto es por Fernando, puto Cholo!—grité y le disparé seis veces en la cabeza. agotando el cartucho.

Me quedé unos segundos parados frente a su cuerpo. Su cara ya no existía, solo veía órganos saliendo de su cabeza. Aún tengo esa imagen en mi mente. Creo que aquel Cholo visitaba la tumba de su madre muerta. Había incluso llevado flores. Me comencé a sentir mal por lo que había hecho. Tenía ganas de vomitar. Solo el sonido de la bocina del coche y los gritos de Hilberto para marcharnos rápido me sacaron de allí.

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